LOS POSEIDOS DE ILFURT O EL DEMONIO EN UN CASO VERIFICADO

illfurt[1]

 

 

EL DEMONIO EN UN CASO VERIFICADO - PARTE 3ª

 

 

de un rato ocupó el puesto del Señor Werner un harinero llamado Bouvier, coloso con fuerzas verdaderamente extraordinarias. Este y tres más apretaban con tanta furia sobre el cuerpo del niño que hacían crujir las maderas de la cama. Ni éstos, ni los anteriores consiguieron nada.

El Señor Werner, temeroso de quebrantar los órganos interiores del niño, les rogó que le dejaran libre, mas Teobaldo gritó:

  • ¡Bah! No siento absolutamente nada; podéis llamar a otros dos para que ayuden, no han de lograr más que éstos.

Entonces el padre Burner contó a los presentes que aquello ocurría con mucha frecuencia y que el lo remediaba con gran facilidad, sólo con rociar al niño con un poco de agua bendita. A petición del Señor Werner echó aquél agua sobre Teobaldo, de la boca de éste salieron grandes gemidos, luego su cuerpo se deshincho poco a poco y la crisis terminó.

 

EL GENDARME SCHINI TOMA LAS DE VILLADIEGO

 

En Illfurt había un Gendarme llamado Schini, antiguo oficial de Artillería condecorado con la medalla militar y otras muchas recompensas por méritos de guerra. Era Protestante y se complacía burlándose de los sucesos de casa Burner. Mofándose principalmente de los innumerables forasteros que acudían de todas partes deseosos de presenciar lo que él llamaba “bobadas de payaso” de los dos pobres niños.

Con todo, a él le pico también la curiosidad de verlo, mas no quería darse a conocer, y así como el Sargento, Señor Werner, iba siempre vestido de uniforme, Schini decidió ir de noche y en traje de paisano.

Cuando llegó estaba la casa tan llena, que le fue forzoso esperar en la puerta. No estuvo mucho rato. Uno de los niños, que estaban ya en cama, dijo a su madre:

  • Mama, vaya abajo a la entrada; al pie de la escalera encontrará al Gendarme Schini; haga que pase por entre la gente y tráigalo aquí. Hace ya mucho tiempo que no le hemos visto.

La madre cogió una luz y fue; pero no reconoció a Schini entre la multitud. Subió al cuarto de los niños y les dijo que la habían engañado.

  • ¡Si, si! -gritaron los dos,- si que está el Gendarme Schini; pero viste de paisano.

Entonces bajó el padre y, efectivamente, encontró al Gendarme y le rogó que le siguiera, porque los niños deseaban verle. Un rayo no le hubiera sorprendido tanto. En vez de subir, se escabulló.

Apenas estuvo el padre con los niños, dijeron estos:

  • ¡Papá; Schini se ha asustado!

En cuanto llegó Schini a casa le preguntó su Superior:

  • ¿Cómo, ya de vuelta? ¿Qué ha visto?

  • Nada he visto; pero he oído y esto me basta.

Y contó cómo le conocieron los niños sin que pudieran verle.

  • Es raro -dijo para si,- nuestra Religión nos prohibe ser supersticiosos; mas, ¿cómo debo explicarme este misterio? A no ser que estos niños tengan el Don de doble vista.

Desde aquel día no hizo más burlas.

Dos días después fue a Illfurt un hombre de Spechbach. Caminando, pasó por delante de una viña cuyas dulces uvas le brindaban con su regalo. La tentación era realmente violenta. Disponiéndose a coger una; pero era buen Cristiano y se dijo: -No- y siguió caminando.

Llegó a casa Burner y no bien le vieron los niños exclamaron:

  • ¿Qué uvas tan hermosas, verdad? ¿Por qué no las cogías? ¡Tan ricas como son!

Puede imaginarse el lector la enorme sorpresa del visitante.

 

UNA ESCENA EN SAN CARLOS

 

En una carta muy interesante fechada el 5 de Octubre de 1.869, escrita por Carlos André, jardinero de San Carlos, leemos el relato de una escena muy emocionante de la cual el citado André fue uno de los actores.

El sábado -dice- la Hermana Dámaso me dijo que llevara al niño (Teobaldo) a la Capilla del Establecimiento, aunque me fuese preciso emplear la violencia. Pensé que sería cosa fácil; me equivocaba. Cogí al niño, de catorce años de edad, y le tuve asido muy fuertemente. Las Hermanas le vendaron los ojos, para que no se diera cuenta de adonde le conducían, y me dirigí con el hacia la Iglesia. Apenas hubimos dado algunos pasos en está dirección, cuando Teobaldo se enfureció -estuvo tranquilo hasta entonces,- y de ningún modo quiso avanzar. Lo levanté para llevarlo. Pesaba tanto que hube de emplear toda mi fuerza para conseguirlo. Seguí adelante, como pude, ahora arrastrándolo, ahora llevándolo. De su boca no salía otro sonido que un aullido análogo al de los perros cuando lloran.

Las Hermanas quisieron ayudarme a llevarlo y le cogieron por las piernas que Teobaldo separó bruscamente, con violencia tal que lanzó muy lejos a las religiosas. Cuando yo hube llegado con el niño a las gradas de la Iglesia, enfureció, y comenzó a gemir y quejarse, y se volvió y revolvió en mis brazos como una serpiente. De pronto enlazó sus piernas con las mías tan fuertemente que nadie consiguió separarme de el. Yo estaba como ahogado y caí de costado contra la pared de la Iglesia; sudaba la gota gorda y apenas podía respirar. Después de descansar un rato, subí como pude las gradas y llegué hasta la puerta de entrada, que entonces abrieron.

Iba yo a entrar, cuando el niño, súbitamente, como herido por el rayo, se desplomo en mis brazos cual si estuviese muerto. Arrojaba espumarajos por la boca; sus ojos, hundidos en sus órbitas, permanecían cerrados. El pobre muchacho no daba señales de vida. Le arrastré hasta el centro de la Iglesia y allí caímos los dos en tierra. El niño estuvo cosa de dos minutos como un cadáver. De pronto se reanimó y chilló con aullidos de perro rabioso:

  • ¡Quitad esta porquería! ¡Salgamos de esta pocilga!

Al decir esto se le lleno la boca de espumarajos amarillos. Queriendo entonces examinarle con atención los ojos, me incliné hacia el: el muchacho me escupió espuma en la cara. Se contorsionaba como un gusano al que se ha pisado y gritaba hasta asustar; al mismo tiempo intentaba arrastrarse hacia la puerta. Moviéndose ahora con mucha lentitud.

Como si hubiera sido herido por el rayo. Era un espectáculo terrible, atroz, y la oscuridad de la noche contribuía a aumentar nuestro espanto.

Tras media hora de espera volví a arrastrarle hacia la puerta. Apenas hubo franqueado el umbral se levanto por si mismo y comenzó a andar solo. Le cogí de la mano y le conduje a su habitación. Todos estábamos consternados; no hablábamos palabra, meditabundos, sumamente admirados.

El pobre niño está sordo; le hemos experimentado de todas maneras. Habla muy poco durante el día y cuando habla lo hace con voz de niño pequeño. Pero cuando el Diablo habla en el, la voz se vuelve fuerte, como la de un bajo profundo, ronca y difícil de entender.

Parece indiferente por completo a cuanto ocurre a su alrededor, va y viene como un idiota, no mira a ningún niño menor de seis o siete años y a ninguno toca. Tampoco mira nunca imagen alguna.

En cambio, muestra gran contento cuando ve arañas, sapos y toda clase de irracionales. Lo que más le gusta son los sapos. A menudo busca insectos, juega con ellos, les deja que le corran por las manos y les arranca las patitas. Habitualmente come igual que los otros; pero a veces se vuelve glotón; últimamente vació un gran cesto de manzanas, comiéndoselas una tras otra sin dejar ninguna.

Cuando la Hermana le sirve la comida después de haberla rociado en la cocina con agua bendita o tocado con una Medalla también Bendita, Teobaldo lo sabe en seguida, a pesar de no entrar nunca en dicha dependencia. Se acerca los platos, los mira atentamente y dice: “No tengo apetito; están sucios”, o bien: “están envenenados”. No los toca y, si no le traen otros, se queda sin comer. Lo mismo hace con la bebida.

Para el la Iglesia es una pocilga; el agua bendita, agua fétida o agua sucia; los Sacerdotes, ensotanados, cleriguillos, etc. Las Hermanas son enfermas impregnadas de suciedad; los Católicos, asquerosos; los niños, perritos. Por el contrario, para los Francmasones y Protestantes sólo tiene palabras de elogio. Decía hablando de ellos: “Estos son buenas personas; éstos son los que se necesitan, porque quieren la verdadera libertad.” Hablaba de ellos con gozo manifiesto. “Nos prestan grandes servicios a mis Señores”, porque el se da el nombre de amo y a los Demonios les llama sus Señores. De los Francmasones decía que le ahorraban mucho trabajo y le proporcionaban mucha clientela. Los asquerosos y los ensotanados, en cambio, le perjudicaban mucho, le daban no poco trabajo y le arrancaban muchas almas.

Cuando el Diablo habla por boca del niño, éste permanece como en éxtasis; está echado igual que un cadáver. Es buen mozo, aunque pálido y de aspecto melancólico. Vive y se porta como abrumado bajo el peso de grandes sufrimientos.

 

 

LIBRAMIENTO DE TEOBALDO

 

A principios de Septiembre de 1.869 se condujo al mayor de los endemoniados al Orfanato de San Carlos, en Schiltigheim. Le acompañó su pobre Madre. Por orden del Señor Obispo se abrió nueva y minuciosa información, encargada a Monseñores Rapp, Vicario General, el Superior Stumpf y el Reverendo P. Eicher, Superior de los PP. Jesuitas de Estrasburgo. Además, el Capellan Reverendo Hauser y el Seminarista de Estrasburgo, Abate Schrantzer, cuidaron de observar atentamente al endemoniado.

El aspecto exterior de éste llamaba la atención. Estaba seco y pálido, como muchacho que ha crecido demasiado deprisa. Sus negros ojos denotaban falta de firmeza, inquietud; su rostro parecía el de un enfermo convaleciente de larga enfermedad. Estaba completamente sordo. Ordinariamente permanecía tranquilo y se entretenía jugando o paseándose por el patio; con los visitantes hablaba en buen francés y hasta respondía en latín, pero nunca comenzaba el la conversación en esta lengua. No quería de ningún modo oír hablar de la Capilla. Aunque le vendasen los ojos y le llevasen en zig-zag por los corredores, así que llegaba cerca de la Iglesia se resistía con violencia y nadie era capaz de hacerle dar un paso. Entonces aullaba como un perro. Si se intentaba hacerle entrar a viva fuerza, se dejaba caer como una masa inerte y se le ponía la cara de modo que daba miedo el verla. Cuando se le rociaba con agua bendita se retorcía como un gusano pisoteado y sólo se calmaba al verse alelado del Santo Lugar.

Un día, el Señor Superior Stumpf llevaba el Santísimo Sacramento oculto debajo de la sotana. El endemoniado, como sintiendo la influencia de una fuerza misteriosa, se agitó con violencia y buscó un rincón donde esconderse. Cuando el Señor Stumpf salió del cuarto para volver al Santísimo a la Capilla, el endemoniado le siguió hasta donde pudo y fue escupiendo sobre las pisadas de aquél.

El domingo, 3 de Octubre, en el patio del Orfanato esperaba un carruaje que debía ir a Estrasburgo a buscar al Señor Superior, a la Reverenda Madre General y al Padre que debía hacer los exorcismos. Cuando todo estuvo dispuesto para la marcha, el Abate Schrantzer dio al cochero una Medalla de San Benito bendita. Teobaldo se hallaba en otra parte del patio, separada de aquélla por un edificio, de manera que no podía haber visto la entrega de la Medalla. A las dos de la tarde llegaron los de Estrasburgo e inmediatamente se dio comienzo a los exorcismos.

El niño fue llevado por fuerza a la Capilla; en ésta, los Reverendos Schrantzer y Hausser y el jardinero le tuvieron fuertemente asido. Teobaldo estaba de pie sobre la alfombra del comulgatorio, vuelto hacia el Sagrario, roja la cara, congestionada como la de un calenturiento. De la boca salia espeso espumarajo que se escurría por el suelo. El niño se volvía y revolvía como si estuviera sobre ascuas, y siempre tendía a dirigirse hacia la puerta de salida. Cada vez que el Señor Schrantzer, con un Crucifijo, le tocaba el pecho, éste se le hinchaba como un globo.

Comenzó a Exorcizarlo. El P. Souquat, designado por el Señor Obispo para la difícil operación, vaciló de momento, pues no creía seriamente que hubiera posesión. Pero no se había acercado aún al niño o acaso muy poco, y Satanás le gritó:

  • ¡Canalla, vete! ¡Vete asqueroso!

En presencia de cinco Eclesiásticos, los Reverendos Arcipreste Spitz, Stumpf, Superior del Seminario Mayor, Rossé, Catedrático, Hauser, el Capellán y Schrantzer, de seis Religiosas y de la Madre del infeliz muchacho, el P. Souquat comenzó las letanías de los Santos. A las palabras: Sancta María, ora pro nobis, gritó el Demonio con voz formidable:

  • ¡Sal de la pocilga! ¡Asqueroso! ¡No quiero!

Tales eran, invariablemente, los gritos con que acogía la invocación de algún Santo y, sobre todo, la de: Todos los Santos Ángeles y Arcángeles, rogad por nosotros.

Cuando el P. Souquat hubo llegado a la invocación: De las asechanzas del Demonio, libranos, Señor, el endemoniado sufrió enorme sacudida, temblor convulsivo se le agito el cuerpo, comenzó a gritar desaforadamente y se volvió y revolvió con tal violencia que a los dos Sacerdotes y al jardinero les costo mucho esfuerzo retenerlo.

Después de las Letanías el P. se situó ante el muchacho para recitar las oraciones indicadas en el Ritual; el endemoniado gritó incesantemente:

  • ¡Asquerosos! Salgamos de la pocilga!

Al Gloria Patri vociferó: ¡No quiero! (dar Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo).

Antes de leer el Evangelio de San Juan, el P. Souquat trazó una cruz en la frente, otra en los labios y otra en el pecho del endemoniado, que aullaba como un perro y buscaba atrapar la mano del P. para mordérsela.

El P. Souquat pregunto entonces en alemán:

  • Espíritu de las Tinieblas, serpiente que ha sido aplastada, yo, como Sacerdote del Señor te ordeno en Nombre de Dios que me digas quién eres.

  • ¿Y eso qué puede importarte, asqueroso? Lo diré a quien me plazca -fue la respuesta.

  • He aquí -replicó el P.- tu Espíritu orgulloso y el lenguaje que tuviste en presencia de Dios Todopoderoso cuando te arrojó del Cielo. No obstante, yo te lo mando: Satanás, aléjate, sal de esta Iglesia, tú no debes estar en la Casa de Dios; tu lugar está en las tinieblas del Infierno.

  • ¡No quiero! -repuso el Diablo.- No ha llegado mi hora.

El P. Souquat había rezado y sufrido por espacio de tres horas; estaba bañado en sudor. Suspendió el Exorcismo para continuarlo el día siguiente y se despidió. En seguida sacaron de la Capilla al muchacho, que se calmó inmediatamente.

Por la noche, Teobaldo dijo al Abate Schrantzer:

  • ¡Hola! Bien hiciste en darle una laminilla (medalla).

  • ¿A quien?

  • ¡Toma! Al cochero

  • ¿Cómo lo sabes? ¿Qué habrías hecho en otro caso?

  • Habría volcado caballos y carruajes con los que en ellos iban; yo galopaba al lado de los caballos.

  • ¿Qué te parece? ¿Verdad que te hemos sometido a fuerte tortura? ¿Conoces al que te ha dado la bendición?

  • ¡Oh! Si; echó una vez a uno de nuestros Señores.

  • Efectivamente, el P. Souquat, muchos años antes, de una casa de Alemania había echado un Diablo.

El niño sólo por modo sobrenatural podía tener noticia de ello.

Esta conversación tuvo por resultado que el P. Souquat quedase plenamente convencido de que se trataba de una verdadera posesión diabólica.

El día siguiente, lunes, a eso de las dos de la tarde llegó de nuevo la Comisión de Estrasburgo y el P. Souquat comenzó inmediatamente el Exorcismo. Esta vez pusieron al niño una camisa de fuerza y le ataron a una silla encarnada. A pesar de esto el Demonio se revolvía como nunca. Levantó por los aires la silla con el niño, y a los tres que de éste cuidaban los arrojó ahora a un lado, ahora al opuesto. De la boca del endemoniado salían espumarajos y atroces aullidos.

Dos horas después, ya terminadas las Letanías y las Oraciones Litúrgicas, se levanto el P. y dijo al endemoniado:

  • Ha llegado ya tu hora, Espíritu inmundo. Yo te ordeno en nombre de la Iglesia Católica, en nombre de Dios y en mi propio nombre, como Sacerdote del Señor, que me digas cuantos sois.

  • ¿Y a ti qué puede importarte eso, asqueroso?

  • Tal fue la respuesta, análoga a la víspera, obtenida del maligno.

  • ¡He aquí -repuso el P.- la insolencia que gastas siempre y las que usáis en los infiernos! En el abismo de las tinieblas y no en la luz tienes tu sitio. ¡Vete, pues, al Infierno, Satanás inmundo!

  • ¡No quiero volver allí; quiero ir a otra parte!

  • Te conjuro, Satanás, a que me digas cuantos sois.

  • No somos sino dos.

  • ¿Cuál es tu nombre?

  • Oribas

  • ¿Y del otro?

  • Ypés.

  • ¡Pues bien, Espíritus Inmundos, yo os lo mando, salid de la Casa de Dios! Nada tenéis que hacer aquí. ¡Espíritus Malignos, alejaos, os mando en nombre del Santísimo Sacramento!

  • ¡No quiero, asqueroso; no tienes poder alguno; mi hora aun no ha llegado!

El Exorcista temblaba, sudaba, estaba sobrecogido de emoción. No lo estaban menos los espectadores; todos permanecían consternados. No obstante, el Religioso reanudó la lucha con el Demonio, cogió el Crucifijo y, colocándolo ante el rostro del endemoniado, dijo:

  • ¡Miserable Satanás, ni siquiera te atreves a mirar cara a cara el Crucifijo; vuelves el rostro para no verte obligado a mirarle; en cambio, desafías al Sacerdote! ¡Marchate, yo te lo mando; corre al Infierno que te ha sido preparado!

  • ¡No quiero ir -exclamo el Diablo;- no se está bien allí!

  • No tenías más que obedecer a Dios -replicó el P;- pero tu orgullo te perdió. Eres Espíritu de las Tinieblas. Aléjate, pues, de la luz, y vuelve a las tinieblas preparadas para ti.

Y Satanás volvió a gritar:

  • No ha llegado todavía mi hora; no quiero ir.

El P. Souquat tomó un cirio bendito por el Papa y dijo:

  • Orgulloso Satanás; te coloco un cirio encima de la cabeza para alumbrarte el camino que conduce al Infierno. Esta luz es la de la Iglesia Católica y tú, tú eres Espíritu de Tinieblas. Vete, pues, al Infierno y quédate con tus camaradas.

  • Me quedo aquí -respondió el Diablo;- estoy bien donde estoy, y en el Infierno se está mal.

Por último, el P. Souquat tomó una imagen de Nuestra Señora y dijo:

  • Mira a la Bienaventurada Virgen María. Otra vez ha de aplastarte la cabeza. De nuevo ha de señalarte y marcar en tu pecho los nombres de Jesús y de María para que quemes eternamente. ¿De manera que no quieres irte? Yo te lo mando en nombre de Jesús, en nombre de la Iglesia Católica, en nombre de nuestro Padre Santo el Papa, en el nombre del Santísimo Sacramento. Tú no escuchas la palabra del Sacerdote; pero quien te habla y te ordena es la Madre de Dios. Ella te obliga a marcharte de aquí. Aléjate, pues, Espíritu Inmundo, a la vista de la Inmaculada Concepción. Ella te manda que huyas.

Durante ese tiempo, los presentes recitaron el Acordaos.

El Diablo, entonces, profirió con voz baja un profundo grito más formidable que nunca:

  • ¡Ahora he de ceder!

Agitándose el endemoniado y se retorció como una serpiente pisoteada. De pronto, un ligero crujido se dejo oír en su cuerpo; el niño se estiro y cayó al suelo como herido de muerte.

El Demonio se había ido.

Esta escena fue para los que la presenciaron horrible, aterradora.

Momentos antes, una rabia que hacía estremecer, rostro encolerizado, respuestas insolentes, ahora, el niño tendido allí por espacio de una hora, como sumido en profundo sueño.

Está libre, no resiste al Crucifijo ni al agua bendita y deja que le lleven a su cuarto sin oponer la menor resistencia.

Cuando despertó, se froto los ojos, miro asombrado a los circunstantes, a quienes no reconoce.

  • ¿Me reconoces? Le pregunta M. Schrantzer.

  • No, Señor, no le conozco, responde el muchacho.

La Madre, rebosando de dicha, lanza un grito de gozo. Su Teobaldo no está sordo. Su hijo está libre del Espíritu Infernal. Todos dieron efusivas acciones de gracias a Dios, que se ha dignado atribuir a la Iglesia tal poder sobre el Infierno.

La Madre regreso a Illfurt con su hijo, lleno de alegría el corazón, confiando firmemente en ver pronto libre a José. Esta esperanza debía realizarse el 27 del mismo mes.

 

LIBRAMIENTO DE JOSÉ

 

Ya en su casa, Teobaldo volvió a ser el mismo que antes, un muchacho alegre, siempre de buen humor. Ni siquiera sospechaba lo que había pasado, ni reconocía al Sacerdote Reverendo Brey, ni recordaba haber visto nunca la nueva Alcaldía de su pueblo. De Estrasburgo trajo algunas medallas para su hermano José y se las ofreció. Mas éste las tiro al suelo diciendo:

  • Guárdalas para ti; yo no quiero.

Teobaldo, asombrado, preguntó a su madre:

  • ¿Mamá, se ha vuelto loco, José?

No hay que decir que le ocultaron el verdadero motivo de tal proceder.

El miércoles por la tarde el pequeño gritó:

  • Mis dos camaradas (los dos Demonios de Teobaldo) son unos cobardes. Ahora soy yo el más fuerte, yo soy el amo; no me iré de aquí en seis años, porque a mi no me asustan los cleriguillos.

  • ¿Tan poderoso eres? Le pregunto el Señor Tresch.

  • Ya lo creo. Aquí estoy bien, aquí me quedo instalado. Entro en un nido y salgo de él cuando me place.

Durante ese tiempo el Cura Brey pidió al Señor Obispo que se dignara disponer el Exorcismo, porque el estado del niño era cada día más lastimoso. En cambio, Teobaldo, desde su liberación, frecuentaba regularmente la Escuela y la Iglesia y hasta se había confesado. Como hemos dicho, volvió a ser el mismo de antes, mas nada sabía de los cuatro años últimos, parecía que los había pasado durmiendo.

Llegó, por fin, la autorización Episcopal a Illfurt y el Señor Cura señaló para el día 27 de Octubre la ceremonia del Exorcismo.

Dicho día, muy de mañana, llevaron al niño a la Capilla del Cementerio de Burnenkirch, distante un cuarto de hora, aproximadamente, del pueblo.

Se guardo el mayor secreto para evitar que se reunieran curiosos. Se invitó solamente a algunos testigos: el Profesor Lachemann, de San Hipólito, Don Ignacio Spies, de Selestado, el Señor Martinot, el Señor Tresch, Alcalde de Illfurt. Asistieron, naturalmente, los padres del niño, y también quiso asistir el Maestro, lo propio que el Jefe de la Estación, Señor Frindel, y Sor Hilaria, la Directora del Colegio de Niñas.

A las seis comenzó la Misa. Inmediatamente el endemoniado comenzó a armar ruido, arrastrando los pies y volviéndose en todas direcciones. Fue preciso atarle pies y manos. Mas desde las primeras Oraciones se movió continuamente hasta conseguir desatarse y de un puntapié envió la correa a los pies del celebrante. Entonces el Señor Martinot le tomó sobre sus rodillas. El muchacho ladró como un perro, gruñó como un marrano, y con voz ronca profirió sonidos inarticulados. Se estuvo tranquilo desde el Sanctus hasta el fin de la misa, lo que sorprendió a todos los presentes.

Quitándose el Sacerdote los Ornamentos Sagrados, y después de revestirse del sobrepelliz y de la estola morada, fue a arrodillarse al pie del altar y comenzó las Preces del Exorcismo, primero las Letanías de los Santos y después algunas fórmulas de ritual. Volviéndose luego al endemoniado y le conjuró a que declarase cuantos Demonios había allí presentes:

  • Ninguna necesidad tienes de saberlo -fue la respuesta.

A una nueva orden, el pequeño respondió secamente:

  • Ypés

Este era el nombre del Demonio del cual estuvo poseso Teobaldo.

No fue posible sacarle una palabra más.

Durante la lectura del Evangelio de San Juan, el endemoniado insultó al Señor Cura y gritó:

  • ¡No me iré!

Tres horas estuvo el Exorcista haciendo grandes esfuerzos. Ya colocaba reliquias sobre la cabeza del niño, ya le ponía el cirio pascual entre los brazos, ya le rociaba con agua bendita y empleaba las fórmulas más enérgicas de Exorcismo.

El Diablo repetía constantemente:

  • ¡No me iré! ¡No me iré, no quiero irme!

Los testigos comenzaron a desesperar. No obstante, el Señor Cura, a pesar de sentirse muy fatigado, les exhortaba a que no perdiesen la confianza y rezasen el Rosario.

El Señor Tresch, que durante todo ese rato había sostenido al niño, lo entregó al Señor Lachemann. El endemoniado exclamó:

  • ¿También tú estás aquí, chato?

Volvió el Señor Cura del altar donde estuvo Orando unos instantes con gran fervor y prometió una Novena de Acción de Gracias.

Dirigiéndose al endemoniado le dijo:

  • ¡En nombre de la Virgen María, te conjuro a que salgas de este niño!

  • ¿También tú has de salir con la Gran Señora?

  • Preguntó Satanás enfurecido -Ahora si que tendré que irme.

  • Emoción indescriptible embargó a todos los presentes, presuadidos de que había llegado el momento de la libertad de José.

El Señor Cura Brey repitió otra vez el mismo Exorcismo.

  • ¡He de irme -gritó de nuevo el Diablo,- quiero entrar en una piara de puercos!

  • ¡Al Infierno! -le ordeno el Señor Cura.

Por tercera vez se oyó el mismo Exorcismo, y el Maligno Espíritu vociferó:

  • ¡Quiero entrar en una manada de gansos!

  • ¡Al Infierno! -repitió el Señor Cura.

  • ¡No se el camino! ¡Quiero entrar en un hato de carneros!

Por última vez resonó la orden categórica:

  • ¡Al Infierno!

  • ¡Ahora me veo forzado a irme!

A este gritó el niño se estiro, se volvió y revolvió, hinchó las mejillas y experimentó una última convulsión. Después quedó silencioso, inmóvil. Desataron las correas; cayendo rendidos los brazos, la cabeza inclinándose hacia atrás.

Momentos después levantó los brazos, desperezándose como quien despierta, abrió los ojos, que tuvo cerrados durante toda la ceremonia, y se mostró asombrado de encontrarse en una Iglesia, rodeado de personas extrañas.

Al comenzar el Exorcismo el Demonio había hecho esta declaración:

  • Si me obligan a que me vaya romperé algunos objetos como señal de mi partida.

  • Cumplió la palabra. Después del libramiento, encontrándose hecho pedazos un Rosario que habían puesto al cuello de José y roto el cordón del Crucifijo que le colocaron sobre el pecho. Como el niño estuvo fuertemente atado, no había podido tocarlos y mucho menos romperlos.

  • Todos los presentes estaban emocionados.

  • Con el corazón desbordante de gratitud recitaron el Te Deum, las Letanías de Nuestra Señora, la Salve y otras oraciones, a menudo entrecortadas por los sollozos. El mismo Señor Cura Brey viéndose obligado a interrumpir diferentes veces el rezo: lágrimas de gozo, de emoción, de gratitud, ahogándole la voz.

¡Con cuánta alegría volvieron todos a la casa paterna! ¡Cuanto admiraron el poder de la Reina de los Cielos, que de nuevo acababa de aplastar al Dragón Infernal!

 

LA VICTORIA DE LA REINA DEL CIELO

 

Cerca de la Plaza Mayor de Illfurt, en un jardín, delante de la antigua casa Burner, levantándose majestuosa, sobre una gran columna de piedra, una hermosa imagen de la Inmaculada, en metal dorado. El Monumento tiene diez metros de altura y domina todos los edificios próximos.

En la base se lee esta inscripción:

In memorian perpetuam liberationis duorum possessorum Theobaldi et Iosephi Burner obtentae per intercessionem Beatae Mariae Virginis Inmaculatae. Anno Domini 1869.

“En perpetua memoria del libramiento de los dos endemoniados Teobaldo y José Burner debido a la intercesión de la Bienaventurada Virgen María Inmaculada. En el año del Señor 1.869.”

El Señor Cura Brey tuvo gran interés en ofrecer ese tributo de gratitud a la Reina del Cielo. Sus feligreses, con otros fieles servidores de María, quisieron con su generoso óbolo contribuir al homenaje.

Es de notar que fue efectivamente la Virgen la que tanto en Schiligheim como en Illfurt triunfó del Dragón Infernal. Ella, definitivamente, aplastó otra vez la cabeza de la serpiente. Todos los demás exorcismos, prolongados durante horas enteras, no dieron resultados; Satanás sólo capituló ante el poder de la Gran Señora. Dios puso la victoria en manos de María, del mismo modo que en la primera batalla la dio al Arcángel San Miguel.

María es la “mujer fuerte” de la Escritura, el terror del Infierno; ante ella deben ceder todas las potencias de las tinieblas. A la Virgen, pues, Honor, Gloria y Gratitud para siempre.

 

ENSEÑANZAS

 

Puede ser que algún lector se pregunte: “Por qué estos pobres niños fueron sometidos a tan horrible posesión? ¿Quién había pecado? ¿Ellos o sus padres?”

Leyendo el capítulo IX del Evangelio de San Juan, donde se trata de la curación del ciego de nacimiento, y allí se hallará la respuesta.

Dios permitió tal prueba para revelarnos sus obras y para recordarnos las verdades, grandes entre todas, de nuestra redención. Antes de la Encarnación del Salvador del Mundo, Satanás reinaba en la tierra como Señor Todopoderoso; por todas partes había establecido su imperio, imperio de incredulidad y de loca idolatría. Por esto se le consideraba el “Príncipe de este Mundo”.

El Redentor mismo le llamó con este nombre. ¿No dijo, antes de su Pasión, al anunciar que el mundo iba a ser juzgado: “ahora el Príncipe de este mundo va a ser lanzado fuera. Y cuando yo seré levantado en alto en la tierra, todo lo atraeré a mi?” (San Juan, XII, 31.) Lo que quiere decir: por la Fe en Cristo, en su muerte y en su resurrección, todos los hombres de buena voluntad se verán libres del Dominio Infernal y se unirán al Salvador aquí en el amor, y allá en lo alto, un día en la Gloria.

Jesucristo, mientras estuvo en la tierra, mostró con evidencia su poder sobre Satanás expulsando los Demonios de los posesos por todas partes donde pasaba, y el mismo poder dio a su Iglesia, a sus Apóstoles, diciéndoles: “En mi nombre lanzarán los Demonios”. (Marcos, XVI, 17.)

Los Apóstoles, en nombre de Jesús, lo intentaron y lo consiguieron. La Iglesia, hasta el presente ha ejercido el mismo poder sobre los Espíritus Infernales en los endemoniados, siempre con éxito igual que el logrado en Schiltigheim y en Illfurt.

Ningún Príncipe temporal, ningún potentado, por poderoso que sea, tiene este poder que conserva el Sacerdote Católico. Sólo a éste, en efecto, el Divino Salvador confirió el poder admirable sobre los Espíritus de las Tinieblas. Una palabra de el basta para lanzarlos lo mismo de los cuerpos que de las almas. La posesión del cuerpo es hoy cosa muy rara, ciertamente; pero la posesión de las almas, el estado de pecado mortal, es, por desgracia, sobrado frecuente.

El Demonio tiene especial interés en no revelarse con demasiada frecuencia, porque esta revelación con repugnancia del Espíritu inmundo, y no sólo esto, sino que a menudo se convierten a causa de ella, como ocurrió en Illfurt. Prefiere el Demonio deslizarse insensiblemente, sin ruido, en el alma humana por el pecado mortal y establecer en ella su morada. ¡Cuánto trabajo se da, sin cansarse, sin tregua ni descanso, para penetrar en los corazones, por astucia, por la tentación, por las seducciones de todas clases, a fin de apartar de Dios a los hombres y precipitarlos en cuerpo y alma en la eterna desdicha. Y cuando ha conseguido apoderarse de un corazón, le quita su descanso, su paz, los méritos de sus buenas obras; le arrebata su Dios y muy a menudo la felicidad eterna.

¿Decidme, cristianos, si vosotros, como tantos millares de testigos, hubierais presenciado las escenas diabólicas de Illfurt, las maquinaciones demoníacas, de por si capaces de poner los pelos de punta, consentiríais en dar Asilo en vuestro corazón a este Espíritu tiránico si en vuestra mano estuviera impedirlo? ¿Querríais, acaso, aunque no fuese más que media hora, compartir la vida de monstruo tan abominable? Sin embargo, lo hacéis al consentir con plena deliberación en un pecado grave; entonces pasan a morar en vuestra alma muchos Espíritus Infernales, hasta que la contrición sincera os libra de ellos y el Sacerdote, con la palabra todopoderosa de la absolución, los lanza de vuestra alma.

Como la Posesión del Alma no es aún visible, muchos no la creen posible; por esto son tantísimos los que viven semanas y años en ese estado. Pero la envoltura del Alma se rasgará algún día y entonces quedará manifiesta una miseria sin nombre.

¿Y puesto que el Demonio trata en la tierra con tal rigor a los niños inocentes, cuál será su conducta para con los condenados que se entregaron voluntariamente a el durante la vida? ¿La vida común con unos Espíritus tan repugnantes, tan impíos, tan malos y abominables, no será de una atrocidad sin límites? Verdaderamente hemos de decir con el Salmista: ¡Señor, no entregues en poder de esas fieras las almas que te confiesan y adoran! (Salmos, LXXIII, 19.) Repitamos a menudo y piadosamente esta invocación: Ab insidiis diaboli, libera nos Domine, ¡Líbranos, Señor, de las asechanzas del Demonio!

 

BURLAS Y EXTRAVAGANCIAS DE LOS SABIOS

 

Contra el hecho de la Posesión Diabólica de los dos niños de Illfurt exteriorizadas desde el primer momento viva oposición. Procedía ésta, en primer lugar, de aquellos que a priori no quieren creer en el Demonio y resuelven con algunas consideraciones llamadas científicas los casos de Posesión y los Exorcismos de la Iglesia, añadiendo por contera una sonrisa burlona.

Ofrece cierto interés el dictamen de un sabio fisiólogo Protestante sobre el caso que nos ocupa. El “Herr Professor” Doctor Hoppe, representante de la “Ciencia”, había estudiado la cuestión, leído el folleto del Señor Cura Brey, y hablado del asunto con Sacardotes Católicos y Pastores Protestantes. Llegó a esta conclusión: el hecho histórico de Illfurt es un fenómeno naturalmente inexpicable; sin embargo, por nada del mundo quiere él contribuir a renovar la superstición de la Posesión Diabólica.

Escribe: “Reconozco que los Exorcismos del Sacerdote Católico han curado a los dos niños no lanzando al Diablo, según se cree, sino obrando físicamente la curación de un cerebro enfermo. En cada uno de los enfermos hallo una aberración histérica-colérica, y explico los hechos así: es toda el Alma o el cerebro animado de los dos niños quien ha causado estos fenómenos que se pretende diabólicos, y quien asimismo ha obrado la curación; esto era posible gracias al organismo del cerebro y a su mecanismo Espiritual...

Los niños han dado pruebas de mucho saber, muy variado; esos conocimientos estaban latentes en ellos, no eran algo nuevo o inaudito; únicamente no se habían notado. Por lo demás, la constante excitación cerebral intensificada estos conocimientos. Así, pues, los propios fenómenos extraordinarios nada tienen de extraño, no es necesario considerarlos como efectos diabólicos. La creencia en la entrada del Demonio en el cerebro del hombre se expende demasiado barata para que podamos aún admitirla...”

¡Alto, alto! “Herr Professor”, esta si que es argumentación “barata” y cualquier cosa, menos científica. ¿Cuál es ese cerebro nuevo capaz de semejantes brujerías? Se trata de niños de ocho y diez años, sin estudios y sin experiencia, sin conocimientos políticos ni históricos. ¿Cuál es esa organización cerebral tan extraordinariamente rara que permite a unos pobres niños hablar correctamente lenguas extranjeras nunca aprendidas, descubrir el estado de conciencias ajenas y revelar pecados muy secretos, tratar cuestiones científicas con pericia de muy entendidos, predecir el porvenir, desplegar energía que sobrepasa en gran manera la capacidad infantil? ¡Qué memoria tan extraordinariamente potente la de los dos niños que nacidos en 1.855 y en 1.857 recuerdan perfectamente detalles de sucesos ocurridos a familias de Illfurt durante la guerra de Suecia, en 1.639, o durante la Revolución Francesa, en 1.794!

Verdaderamente, “Herr Professor”, la explicación de tales fenómenos como efecto de una aberración histérica-coerica es más que barata, demasiado gratuita, y muestra la clase de inepcias a que debe recurrir el “sabio” cuando a toda costa quiere rechazar todo lo sobrenatural...

Como es de suponer, tampoco se pararon en barras los diarios liberales y radicales de la época.

Hay que ver lo que decía el Journal d´Alkirch, el 18 de Enero de 1.868:

“Por lo que concierne al Diablo nos hemos vuelto bastantes escépticos, y cuando se nos habla de endemoniados nos reímos. Pero la superstición existe, y nunca se protestará con bastante energía contra ciertas opiniones que se mantienen en la masa popular con fines en cuyo examen no queremos entendernos... Los dos niños, al principio cuidados por médicos, fueron confiados a una sonámbula, luego uno de ellos sometido a un tratamiento original en un Convento de Capuchinos de los alrededores. Sin embargo, el Diablo no quería marcharse, y el caso era cada vez más sensacional para el público. ¿Qué hacer? Todos los remedios parecían agotados, cuando el Gobierno tuvo la buena idea de encargar al Sargento de Gendarmes que practicara una información en el mismo lugar. ¡Pues bien! Lo que la Ciencia y el magnetismo, lo que los exorcismos no pudieron lograr, lo consiguió un Señor con galones. Desde la primera visita de la Autoridad los niños clamaron; regulándose sus movimientos y el Diablo se fue con todos los diablos, ¡Buen viaje!

¡He aquí cómo un periodista sin cabeza y sin conciencia escribía historia, no en España o en Holanda, sino en Altkirch, a 10 kilómetros de Illfurt!

¡Buen examen de conciencia le hubiera hecho el Demonio al publicista si éste hubiese tenido valor de ir a ver a los dos pobres niños!

Otro Corresponsal del periódico que quiso hacerse el discharachero, envió para el número del 1 de Febrero de 1.868 las chanzas que siguen:

“¡El Diablo está en Illfurt! ¡Desde entonces qué cosecha tan abundante para todos los cronistas grandes y pequeños! Las dos débiles criaturas cuyos cuerpos ha escogido por habitación, sin estar armados con la maza de Hércules, dejan en mantillas, con sus proezas, al semidios y a sus célebres trabajos. Los Crucifijos, los amuletos que llevan al cuello, se pulverizan ruidosamente y con acompañamiento de llamas verdes y azules y de perfumes sulfurosos: anuncian el porvenir, y, ¡oh, colmo del milagro!, sin cuerdas ni campanas doblan por aquellos que han de morir. Y esto no es más que el preludio, evidentemente; cada día traerá consigo un nuevo prodigio, mientras plegué a Satanás, ¡y ojalá tarde de ocurrir este deseo!, volver de nuevo por algún tiempo a sus dominios.

No se me oculta que los despreocupados me harán preguntas indiscretas; querrán saber por qué esos muchachos, con preferencia a tantos otros que a ello tenían mayor derecho, han merecido el doloroso honor de albergar al Dios cornudo; si se les habla de gritos roncos, mirada fosca, convulsiones y espasmos, responderán: histerismo, vapores o epilepsia, y en vez de agua bendita recomendarán el empleo de duchas, buena alimentación y hasta el régimen tan grato a los Señores Fleurant, Purgon y Diafoirus; menos mal si no pretenden que Creyentes y Exorcistas, los Exorcistas sobre todo, tienen también un Diablo en el cuerpo, y el más intratable de todos, el Diablo de la necesidad.”

He aquí un ejemplo de la ligereza frívola con que el mundo incrédulo juzgaba fenómenos tan extraordinarios sin tomarse el trabajo examinarlos de cerca. Como no les conviene la Doctrina acerca del Infierno y de los condenados, contentan encogiéndose de hombros y quieren ahogarla a fuerza de sátiras y burlas.

Los Médicos que cuidaron a los niños durante el primer período de la enfermedad se mostraron más discretos, en especial los Doctores Kraff, Enrique Weyer y Alfredo Szertecki, de Mulhouse. Consideraron inexplicable la dolencia, y no se atrevieron a dictaminar acerca de la naturaleza de ésta. El Médico Cantonal de Altkirch, el Doctor Levy, decía claramente al Señor Cura Brey que su Ciencia Médica era impotente y que la Iglesia Católica tenía el remedio.

Hasta París llegó la noticia de la Posesión Diabólica y libramiento de los dos niños. Los diarios de los bulevares hablaron de ello, mas no siempre con exactitud y con ánimo de servir a la verdad. Edmundo About publicó en L´Opinion Nationale un relato según el cual se había hecho objeto de una farsa vil a los pobres muchachos, quienes, por otra parte, continuaban en el mismo lamentable estado. Reprodujeron el artículo L´Industrial Alsacien y el Journal de Colmar.

Entonces el Obispo de Estrasburgo tomó cartas en el asunto oficialmente, y por M. Rapp, su Vicario General, hizo llegar a los Directores de los Periódicos aludidos el siguiente varapalo:

 

Estrasburgo, 9 de Enero de 1.870.

Señor Director:

 

En el número 7 de Enero ha publicado usted una correspondencia de Estrasburgo que pide algunas rectificaciones.

En Illfurt un niño, desde hacía cuatro años, estaba enfermo de dolencia extraordinaria, cuya causa y naturaleza no podían determinar los facultativos. A petición reiterada del Alcalde y del Cura, el Señor Obispo de Estrasburgo ordenó abrir una información, y se decidió trasladar al niño al Orfanato de Schiltigheim, dirigio por las Hermanas de la Caridad. Durante muchas semanas se continuo registrando hechos extraordinarios, que sería superfluo exponer aquí, pero que lo serán con todos los detalles necesarios en una hoja religiosa de Alsacia, y la Comisión, cuyas luces y Autoridad nadie, exceptuado el Corresponsal de usted, negará, juzgó que tales hechos sólo podían tener una causa sobrenatural.

Tiene la Iglesia Oraciones para esos casos, aun para los dudosos; recitándose las Oraciones y el niño está completamente curado.

El Corresponsal de Usted ha dicho lo contrario de la verdad al afirmar con extrañeza que el niño continúa en el mismo estado.

Las observaciones, las chanzas, los insultos con que Usted ha sazonado el artículo tal vez han sido del gusto de los lectores, no me interesa.

Solamente he querido restablecer los hechos y espero de su lealtad que insertará esta carta en uno de los primeros números de su periódico.

 

Firmado: Rapp, Vicario General.

 

UNA CARTA DE TEOBALDO

 

En tanto que José Burner, que sólo contaba ocho años y al principio de su enfermedad, sabía apenas leer y escribir, su hermano estaba más adelantado y sabía leer y escribir en alemán y en francés, aunque incorrectamente y con muchas faltas. Mas en los momentos agudos de la dolencia, ambos eran verdaderamente profesores de muchas lenguas, y hablaban, a veces durante horas enteras, con los visitantes, en francés impecable.

Nuestros lectores leerán con gusto una carta de gratitud escrita por Teobaldo, en el mes de su libramiento, al Reverendo Hausser, a la sazón Capellán de San Carlos. La transcribimos al pie de la letra:

 

J. M. J.

 

Illfurt, le 31 Octobre 1.869

La sainte volanté de Dieu

Monsieur Labé, aumônier

 

Je l´honneur de vous montrer mes reconnaissances de tous les bienfait que j´ai recu chez vous dans votre maison sacré par la grace de notre Seigneur J´esus Christ et sa sainte M´ere. C´est chez vous que j´ai remercie mon bonheur de la d´elivrance de mes maux surnaturel. Je suis trés heureux maintenant heureux comme jamais je me réjouis maintenant avec mon Frére Josephe qui avait la même maladie comme moi et qui est guéris depuis le 27 Octobre par notre cher Monsieur le Curé et aujourd´hui dimanche nous avons célébré l´actions de grace avec tout le monde á Léglise avec le Te Deum et les sonnes des gloches et bénédiction du sainte sacrement pour ce boneheur infini.

Maintenant nous allons a l´Eglise et á l´Ecole comme si nous aurions été jamais malade, mais je crois que vous avions eu une trole de maladie parce que nous rappelons nous a acune souf france, mais grace á Dieu encore une fois nos sommes guérie.

Je finix en Dieu et en me recommandant dans vos priéres

recevrez mes respectueux Salutation

Thiébaud Bourner

 

et aussi bien des compliment pour la Mére Supérieure et pour la soeur Damas un bonjour de mes parents pour toutes les soeurs.

 

Nos interesara, sin duda, saber qué fue de los dos pobres niños. Ambos murieron muy jóvenes. Teobaldo falleció dos años después de su libramiento, el 3 de Abril de 1.871, a los diez y seis de edad. Su hermano pasó a trabajar en Zillisheim y allí murió en 1.882, a los veinticinco años. El Señor Cura Brey vino expresamente de Illfurt para administrarle los últimos Sacramentos.

Este celoso Sacerdote rigió cerca de treinta años su Parroquia de Illfurt con abnegación y éxito admirables. Murió en olor de Santidad el 26 de Marzo de 1.895, a la edad de sesenta y ocho años. Aun hoy día cuentan los que fueron sus feligreses que, como el Santo Cura de Ars, el Demonio le atormentó muchísimo, particularmente de noche. Siempre consiguió librarse de él con el empleo de agua bendita.

A los raros visitantes que se hospedaban alguna noche en la Casa Rectoral, les encargaba que hicieran lo mismo.

Le sucedió el Reverendo Augusto Soltner, quien en 1.901 vendió la antigua Rectoría y mandó construir la nueva próxima a la Iglesia. Ante la fachada principal se levanta el hermoso monumento al Abate Bochelen, el último mártir de la Revolución en Alsacia.