LOS POSEIDOS DE ILFURT O EL DEMONIO EN UN CASO VERIFICADO

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EL DEMONIO EN UN CASO VERIFICADO PARTE 1ª

 

La parte de este libro que tienes en la mano, te causará, sin duda, honda emoción; no pueden leerse con impasibilidad las trágicas escenas que tuvieron escenario en Ilfurt, en Schiltigheim, en Einsiedeln, ante incontables testigos, creyentes e incrédulos, de toda clase y condición social. Publicado en alemán y en francés, y en vías de aparición las ediciones suiza, italiana, polaca, eslovaca, húngara y japonesa, natural era que lo conociese en su propia lengua el lector español. Este es el motivo de la presente versión. Editada en 1.923 por la editorial la Hormiga de Oro (Barcelona).

Un libro sin igual, curioso, instructivo e histórico. Un relato sumamente emocionante del martirio de dos hermanitos alsacianos poseídos del Demonio durante más de cuatro años. Documento histórico que nada tiene de común con ciertas publicaciones. Obra de éxito verdaderamente prodigioso, pues desde el mes de Enero de 1.922 fue publicada en francés, inglés, alemán, flamenco, italiano, portugués, húngaro, checo, croata, polaco, eslovaco, anamita, tamul (India), chino y en lengua Fanti (Costa de Oro). Y que ahora e rescatado.

El objeto primordial es inspirar terror saludable respecto al espíritu maligno que nos ronda sin cesar para adueñarse de nosotros mediante el pecado.

Como verás luego, se trata en ella de sucesos dignos de ser creídos por la calidad de las personas y de los documentos que los atestiguan; pero sucesos puramente históricos no dogmáticos, es decir, sucesos que únicamente merecen fe humana.

Acaso, sabiendo que al demonio ha de hablale con imperio, te llamen la atención los diálogos sostenidos por algunas personas, el Alcalde, Señor Tresch, especialmente, con los endemoniados. Esos diálogos y las manifestaciones en ellos hechas no son más que la parte anecdótica del libro. En la que podríamos denominar oficial, los exorcismos y particularmente los dispuestos por el prelado, no hay diálogo, sino conjuro terminante y enérgico del exorcista.

Por último, no será a demás de advertir que las conversiones obradas en personas que presenciaron alguna de las horripilantes escenas no lo fueron por el demonio, sino a pesar del demonio, es decir, que Dios se valió de estás para remover la dormida conciencia de aquéllas y ponerles ante los ojos, por decirlo así, el orden sobrenatural que tenían olvidado.

La Iglesia Católica enseña claramente la existencia de demonios, de espíritus malos. Son seres personales, espíritus puros, que fueron creados por Dios en estado de gracia y destinados a una gloria incomparable en el cielo.

Pero como Dios no corona a nadie que no haya primero luchado (2 Tim., II-5), sometido a los Ángeles todos a una prueba para que pudiesen merecer la bienaventuranza eterna. Muchos de esos Ángeles cayeron: queriendo ser como Dios y gozar la felicidad independiente de las divinas disposiciones, perdieron por sentimiento de loco orgullo, la gracia santificante; su pecado fue la rebelión formal contra Dios: la criatura rompió completamente con su Creador.

Esa rebelión había sido cometida con el incomparable conocimiento intelectual y la fuerza de voluntad de un Ángel irrevocablemente resuelto a rebelarse: sin excusa de ignorancia o de flaqueza; fue pecado cometido con intención formal. Dios castigó inmediatamente a los rebeldes sin darles tiempo de hacer penitencia.

Pervitiendose su vida íntima, se obscureció su inteligencia, su voluntad se obstino en el mal; la perdida de la bienaventuranza eterna y el castigo de los tormentos eternos en el infierno fueron la consecuencia de la rebelión. Dios no perdonó a los Ángeles delincuentes, sino que amarrados con cadenas infernales los precipitó al tenebroso abismo, en donde son atormentados. (2 Pedro, II-4).

Los demonios son nuestros enemigos. Nos envidian porque, según enseña Santo Tomás, debemos un día ocupar en el cielo los lugares que ellos perdieron. Como nada pueden contra Dios, nos tientan a nosotros con el propósito de seducirnos y separarnos de Dios, en el tiempo y en la eternidad.

Comenzaron su obra nefasta excitando a nuestros primeros padres a que desobedeciesen a Dios. Por este primer pecado, Adán y Eva y todos sus descendientes, con la sola excepción de la Virgen María, cayeron en poder de Satanas, hasta el día que el Redentor del mundo, Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado, vino a la tierra y destruyó las obras del Demonio, muriendo en la Cruz, inutilizando así el poder del maligno espíritu y libertandolo de humillante esclavitud a la humanidad caída.

El hombre puede, con la gracia de Dios, vencer todas las tentaciones del Demonio y merecer el premio eterno.

La Fe en el poder de los Demonios es tan antigua, tan universal como el propio género humano.

Los paganos creían en la existencia de espíritus malos, pero desfiguraban la verdad de la naturaleza de estos, pues, impulsados por temor, los rendían honores divinos. En el Antiguo Testamento se habla a menudo de los espíritus infernales; y repetidas veces se menciona su influencia nefasta en los hombres y se condena su malicia. Basta recordar la historia de Job y las pruebas terribles a que Satán le sometió, con permiso de Dios.

En tiempo de Jesucristo, era universal la creencia del pueblo judío en la existencia y en la influencia del Demonio. Jesucristo y sus Apósteles la confirmaron teórica y prácticamente; enseñaron cómo se debía resistir a las tentaciones de los espíritus malos y echaron a estos de muchos endemoniados.

La Iglesia Católica, columna y fundamento de la verdad, continúa esas tradiciones. A sus fieles les exige que crean en la existencia de los Ángeles Caídos; les da armas para que puedan defenderse de sus asechanzas: la señal de la Cruz, el agua bendita, los exorcismos prescritos para el caso de posesión, el poder dado a los Sacerdotes para quebrantar la potencia de los demonios y arrojarlos de los cuerpos de los poseídos.

Dios, en efecto, en sus inescrutables designios, permite a veces al Demonio que se apodere de un hombre por la fuerza, que le sustituya en el ejercicio de las funciones humanas, que le cause grandes daños en su hacienda (obsesión): recordándose los célebres ejemplos de Job, de San Antonio Ermitaño, de Santa Teresa, del Venerable Cura de Ars, de María de Moerl, de Crescencia de Kaufbeuren, etc. Hasta llega a suceder que Dios permite al Demonio entrar el cuerpo de los hombres, identificarse con este y ejercer un dominio tiránico sobre sus sentidos, sus órganos y sus facultades.

En virtud de está incorporación misteriosa y de ese tiránico imperio, el demonio puede servirse para sus fines de los sentidos del endemoniado y perturbar el ejercicio de las facultades espirituales del alma hasta producir en el los más insólitos y maravillosos efectos (posesión).

He aquí los signos característicos de la verdadera posesión:

1º Conocimiento de lenguas nunca aprendidas

2º Conocimientos científicos y facilidad extraordinaria de hablar sobres temas científicos en ignorantes

3º Conocimiento de cosas distantes y secretas, penetración en los dominios del pensamiento ajeno

4º Producción de efectos que exceden a las fuerzas humanas o creadas naturales

5º Anestesia de determinados órganos (ceguera, mudez, sordera)

Por la Sagrada Escritura y la historia de la Iglesia sabemos que la posesión no era cosa rara en los primeros siglos. ¡Cuántas veces el divino Maestro libró de los malos espíritus a los hombres: Lanzó a muchos demonios, sin permitirles decir que sabían quien era (Marc., I-24); De muchos salían los demonios gritando y diciendo: Tu eres el Mesías, el Hijo de Dios (Luc., IV-41). - Bien conocida es la historia de los endemoniados de Geresa (Luc., VIII), y la del niño endemoniado librado al pie del Tabor (Mat., IX, 33). El divino Maestro dio a sus discípulos potestad para lanzar los espíritus inmundos (Mat., X, 1)!

La Iglesia, de acuerdo con los Santos Padres y Doctores de todos tiempos, afirma la creencia en el poder de los demonios sobre los endemoniados son sus exorcismos, esto es, sus adjuraciones solemnes a Satán, hechas en los santos nombres de Jesús y María, para que abandone al endemoniado o se abstenga de molestar a los hombres. Hasta instituyó un orden especial en la jerarquía clerical -ordo exorcistatus- para hacer esos exorcismos sobre los pobres endemoniados.

Desde la muerte de Jesucristo en la Cruz la posesión ha venido haciéndose muy rara en los países cristianos; pero, según afirman los misioneros, es todavía bastante frecuente en los paganos. Y aún acontece en nuestros días -muy raramente, es cierto- que Dios permite al espíritu infernal entrar en el cuerpo de un hombre y hacerle víctima de sus arrebatos. Viven aún muchos que vieron con sus propios a los dos niños endemoniados de Illfurt (Alto Rhin), y que pueden atestiguar la verdad de los sucesos, porque cosas tan horribles quedan por siempre grabadas en la memoria.

Vamos a relatar la trágica y muy interesante pasión de dos niños endemoniados de Illfurt, apoyándonos en documentos auténticos de testigos oculares y auriculares, absolutamente dignos de fe, porque fueron llamados como peritos para examinar el caso. Esos documentos proceden en parte de los archivos parroquiales de Illfurt, en parte de las relaciones escritas en el mismo lugar por Don Ignacio Spies, antiguo Alcalde de Selestado (Schlett stadt), Diputado en el Reichstag, y por el Profesor Señor Lachemann; los dos estudiaron el caso a fondo y a conciencia.

También nos hemos servido de las notas del Párroco Reverendo Hausser, Capellán que había sido del Instituto de San Carlos, y de las de Don Andrés de Ribeauville, que durante las últimas semanas de la posesión fué el custodio vigilante del mayor de los hermanos. Hemos utilizado así mismo una serie de artículos de la Révue Catholique d´ Alsace, del año 1870, y la breve noticia escrita por el Reverendo Brey, Párroco de Illfurt.

 

TEOBALDO Y JOSÉ BURNER

 

En el Sur de Alsacia, a dos horas de la Ciudad de Mulhouse, se encuentra el lugar de Illfurt, que antes de 1870 contaba unos 1.200 habitantes. Allí vivía la humilde y honrada familia Burner. El Padre, José Burner, era mercader ambulante y recorría la comarca vendiendo cerillas y yesca. La madre, María Ana Foltzer, cuidaba de sus cinco hijos, todos aún de corta edad.

El hijo mayor, Teobaldo, había nacido el 21 de Agosto de 1.857. A la edad de ocho años iban a la escuela de la localidad. Eran muchachos quietos, de mediano talento, algo enfermizos.

Durante el otoño de 1.864, Teobaldo y su hermano José cayeron enfermos de dolencia misteriosa. Tanto el primer médico llamado, Doctor Levy, de Altkirch, como los demás facultativos sucesivamente consultados, no pudieron diagnosticar. Los medicamentos empleados no daban resultado. Teobaldo enflaqueció de tal modo que parecía un espectro ambulante.

A partir del 25 de Septiembre de 1.865 se pudieron observar en los enfermos fenómenos en absoluto anormales. Echados de espaldas se volvían y se revolvían como una peonza, con rapidez vertiginosa. Después se ponían a golpear sin cansarse el armazón de la cama y los demás muebles con fuerza sorprendente -a esto llamaban dreschen, trillar.- Nunca mostraron la menor fatiga, por mucho que la trilladura se prolongase. Si se les preguntaba respondían entre convulsiones y espasmos seguidos de tal postración que permanecían durante horas enteras como muertos, sin hacer el menor movimiento, rígidos como cadáveres.

Muy a menudo fueron presa de gazuza imposible de calmar. El bajo vientre se les inchaba de modo desmesurado y a los pobres niños les parecía que en sus estómagos les rodeaba una bola o que un animal vivo se movía en ellos de arriba a abajo. Juntándose las piernas como varillas entrelazadas; nadie podía separarse.

Durante este tiempo se le apareció a Teobaldo unas treinta veces un fantasma extraordinario, al que llamaba su amo. Tenía cabeza de ánade, uñas de gato, pies de caballo y el cuerpo de plumaje sucio. En cada aparición el fantasma volaba por encima de la cama y amenazaba ahogarlo. Teobaldo, aterrorizado, se arrojaba hacía el y le arrancaba puñados de plumas, que entregaba a los muchos circunstantes estupefactos.

Ocurría esto en pleno día, en presencia de un centenar de testigos, entre los cuales había personas respetables, nada crédulas, dotadas de gran perspicacia y pertenecientes a todas las clases sociales. Todos pudieron convencerse de la imposibilidad de superchería alguna.

Las plumas despedían olor fétido y, cosa singular, quemadas no dejaban cenizas.

A veces una mano invisible levantaba a los niños junto con las sillas de madera en las que estaban sentados; ya en el aíre, los niños eran lanzados a un lado, mientras las sillas volaban hacia el lado opuesto.

En otra ocasión sintieron por todo el cuerpo gran comienzo y dolorosas picaduras, y de debajo de sus vestidos sacaron tal cantidad de plumas y de algas que el suelo quedó cubierto enteramente. Aunque se les mudase camisas y vestidos, era inútil: plumas y algas reaparecían siempre.

Esas terribles convulsiones y toda suerte de malos tratos redujeron a los niños a tal estado que fue preciso hacerles guardar cama. Sus cuerpos se hinchaban de mala manera. Se encolerizaban violentamente, eran presa de verdadero furor cuando se les acercaba alguien con un objeto bendito, un crucifijo, una medalla, un rosario. Ya no rezaban; los nombres de Jesús, María, Espíritu Santo, etc, pronunciados por los presentes les hacían estremecer y temblar. Fantasmas, sólo de ellos visibles, llenándose de miedo y espanto.

Miedo y espanto se habían apoderado también de los padres, testigos contristados de esas terribles escenas, impotentes para remediarlas.

Diariamente crecía el número de vecinos y visitantes que llegaban de todas partes, de cerca y de lejos, porque la noticia se divulgó muy pronto y todo el mundo quería ver a los infelices niños. Todos quedaban estupefactos. ¿Qué es lo que había ocurrido?

Vivía entonces en Illfurt una vieja, pobre, mal conceptuada, a la cual por su mala vida habían expulsado de su aldea natal. Diciéndose que los dos niños comieron una manzana que la vieja les había dado. He aquí el comienzo de la enfermedad misteriosa. Tal era, a lo menos, la explicación dada por los espíritus que se decía residían en los pequeños. Sea de ello lo que fuese, si realmente se trataba de espíritus no se tardaría en conocer la naturaleza de estos, porque el árbol por sus frutos se conoce.

Durante horas enteras los dos niños permanecían tranquilos, en estado de gran apatía. Súbitamente cambiaban de actitud, poniéndose nerviosos, excitados, gesticulaban y gritaban sin parar. Su voz no era entonces voz infantil, sino de hombre, fuerte, áspera, ronca. Tenían la boca habitualmente cerrada; era, pues, evidente que otros, seres invisibles, y no ellos proferían aquellas palabras y lanzaban aquellos gritos. Durante largas horas gritaban sin descanso: Nudeln (especie de pasta alemana parecida a los fideos, pero de gusto y aderezo muy diferente), Knoepfeln (ravioli) y otra jerga de cocina. Era para volverse loco y los pobres padres no sabían que hacer.

Un día se le ocurrió a Burner, padre, decirles: “Gritad, hijos míos, gritad aún más fuerte, en nombre de la Santísima Trinidad”. Esto bastó para obtener silencio.

Lo que principalmente sorprendía a los testigos de esas escenas, era el miedo que los niños sentían en presencia de objetos benditos, su violenta oposición a la Iglesia, a la oración, a los oficios divinos; las blasfemias abominables que proferían, las expresiones groseras que dejaban salir con frecuencia de sus labios sin haberlas oído jamás.

Hablaban las más diversas lenguas; respondían con facilidad en francés, en latín, en inglés y hasta comprendían los dialectos franceses y españoles.

No es de maravillar, pues, que todo el mundo desease ver a las pobres víctimas y que las autoridades civiles y eclesiásticas se interesasen por ellas e hiciesen examinar minuciosamente sus casos.

El Venerable Párroco del lugar, Reverendo Carlos Brey, Santo Varón y Pastor celoso, fue quien primero se compadeció de la desdichada familia Burner y sobre todo de los pobres niños. No le fué difícil descubrir el origen puramente diabólico de tales escenas. Comprendió que se hallaba en presencia del caso, raro ciertamente, de real posesión.

Aquellos hechos dio conocimiento a la Autoridad Episcopal, que designó a una comisión de tres eclesiásticos para que practicasen en Illfurt una información oficial.

El Párroco pudo contar desde el primer momento con el valioso apoyo del Alcalde, Señor Tresch, hombre de bien y abnegado, y el de las mejores familias de la localidad. No faltaban, sin embargo, quienes ponían en duda la posesión, pero eran muy pocos y los malos espíritus se mostraban muy satisfechos de ellos, al paso que sentían mucha animosidad contra aquellos que les adivinaban su naturaleza.

En especial odiaban al Párroco y al Alcalde, a Don Ignacio Spies, Alcalde de Selestado, al amigo de este, Señor Martinot, Director de la Administración Pública, también de Selestado, al Profesor Lacheman de San Hipólito, Religioso de la Congregación de los Hermanos de María. Los tres últimos habían venido de lejos únicamente para observar el caso y estudiarlo minuciosamente.

 

EL DIABLO

 

En cada uno de los niños había a lo menos dos espíritus infernales. Durante mucho tiempo tuvieron especial cuidado en ocultar su nombre. Por fin, conjurados en el nombre de Jesús por el P. Souquat, lo declararon. Poseían a Teobaldo, el hermano mayor, Orobass e Y pés. Este se titulaba conde del infierno, con 71 legiones a su mando. Uno de los demonios residentes en José, el otro hermano, llamándose Solalethiel; fué imposible averiguar el nombre del segundo.

Y pés era sordo, porque durante todo el tiempo que fue dueño del niño éste estuvo completamente privado de oído, hasta el punto de no alterarle un pistoletazo disparado junto a su oreja. Al quedar libre de la posesión recobró Teobaldo aquel sentido.

Un día el Señor Martinot preguntó en latín a uno de los endemoniados:

  • ¿De dónde vienes?

El interpelado hizo un gesto de desprecio y dijo:

  • Eres un Demonio

  • Tú también le replico el Señor Martinot.

Dos veces más le repitió el niño:

  • Tú eres un Satanás

  • No soy ningún Satanás- protestó el ofendido.

  • Tu si que lo eres, y eres Jefe de los Demonios

Esto, al parecer, agradó al espíritu de las tinieblas, porque respondió:

  • Si, Señor; soy Jefe de 71 legiones

  • Que no- replicó el Señor Martinot,- de 70 legiones y...

Interrumpiéndole el Diablo gritando:

  • ¡De 71 legiones!

  • Bueno, dejémoslo en 71 legiones- fue la respuesta. -¡Miserable Jefe! ¿no te avergüenzas de tu ignorancia? ¡No conoces ni tu nombre ni el mío!

  • ¡Si, si que los conozco -gritó Satanás,- tu nombre y el mío tan bien como tú. Pero no te los digo. Tengo para ello mis motivos. Si fueses un judío -añadió- te respondería en todas las lenguas.

Así era, en efecto; porque cuando quería respondía en francés e inglés perfectamente, sin la menor falta, a cuantas preguntas se le hacían. A menudo conversaba horas y días enteros en francés correctísimo, a pesar de no haberlo nunca estudiado.

Gracias a la intervención del Señor Cura de Brey llegaron a Illfurt dos monjas de Niederbronn, las Hermanas Métula y Severa, designadas por la Autoridad Episcopal para cuidar a los dos enfermos.

Los endemoniados jamás las habían visto; sin embargo, las llamaron enseguida por sus nombres, tuteándolas. A la Hermana Severa, bávera, le dijeron los nombres de sus hermanos y hermanas, sus ocupaciones, y le comunicaron secretos de familia. Luego Pepito le pidió:

  • Oye, no sabes cuanto me gustaría que me dieses aquella botellita azul que tienes en el baúl.

Adviértase que tal baúl aún estaba en la estación. El Alcalde hizo que fueran a buscarlo y entre tanto pregunto a la Monja si el niño decía la verdad.

  • Si, Señor -respondío ella;- tengo en el baúl una botellita azul con éter, para mi uso.

Todos los presentes quedaron asombrados, a excepción del Señor Nicles, el Maestro, porque éste no creía que existiesen demonios.

Los Espíritus Infernales tenían a su vez superiores, amos que les hacían temblar. De tiempo en tiempo recibían su visita, que no les era nada agradable.

  • ¡Ah! ¡Ahora llega el amo!

  • ¿Qué amo?

  • ¡Toma! ¡Nuestro amo!

  • ¿Es más poderoso que tú?

  • ¡Oh! ¡Ya lo creo!

  • ¿Cuál es su aspecto?

  • Tiene dos patas, el cuerpo cubierto de plumas, cuello largo, pico de ánade; sus manos son como garras de gato. Ya se acerca... Ya está aquí, ya está aquí...

Con el amo llegaron también otros demonios, satélites.

  • ¡Somos muchísimos! -manifestó entonces el endemoniado.

No siempre aparecía el Demonio en la misma forma. Unas veces tomaba la de salvaje, la de perro otras o la de serpiente.

 

SATANÁS Y LOS OBJETOS BENDITOS

 

Cuantos presenciaban tales fenómenos convencidos más y más del carácter demoníaco de la enfermedad. La verdadera posesión diabólica afirmándose sobre todo cuando alguno se acercaba a los niños con objetos benditos, medallas, rosarios y en especial agua bendita. Comenzaban entonces a echar pestes, echaban espumarajos por la boca y se resistían con violencia a que les tocasen.

Si les mezclaban algunas gotas de agua bendita con sus alimentos, los rechazaban:

  • ¡Llevaos está porquería -gritaban,- está envenenada!

Intentaban entonces hacerles comer a la fuerza, pero ellos lo rechazaban con extrema violencia, resistiéndose rechinando rabiosamente los dientes.

En cambio, cuando los manjares no había agua bendita los tomaban y comían con gana.

Fue preciso aconsejar a los niños que se llevasen los alimentos a la boca con tres dedos de la mano derecha, porque el Diablo había declarado: “Todo lo que el perrito de aguas (así llamaba al niño), come con la mano izquierda o con dos dedos solamente de la mano derecha, es para mi y no para el”.

Una vecina, la Señora Brobek, echó un poco de agua bendita en una medicina que los niños debían tomar; éstos declararon:

  • Tomaremos todas las pociones de la farmacia antes que aceptar cosa alguna de la familia Brobek.

En otra ocasión ofreciéndoles higos bendecidos por un Sacerdote.

  • ¡Quitad estás cabezas de ratón! -grito el niño, el ensotanado ha hecho muecas encima.

El Señor Spies puso un día ante los ojos de Teobaldo una pequeña reliquia del Beato Gerardo Majella, diciéndole:

  • ¡Mira! Aquí tienes a quien ha hecho huir a más de uno de tu parentela.

En el acto el niño hizo una mueca, hinchó los carrillos, rechinó violentamente los dientes y apretó con fuerza los labios.

El Señor Spies acercándole la reliquia; el pequeño resistiéndose con fuerza, se volvió de espaldas y se mostró verdaderamente desesperado. Por fin grito:

  • ¡Vete de aquí, Italiano!

Gerardo Majella era un joven Hermano Ligoriano de Italia, muerto en olor de Santidad. El endemoniado no podía saberlo de modo natural.

Satanás temía sobremanera las medallas de San Benito, así que casi todos los parroquianos de Illfurt pedían medallas del Santo y las llevaban constantemente.

Cierto día, el Señor Tresch leyó a los niños oraciones de un devocionario. Los niños le dijerón:

  • No merece la pena que te molestes viniendo aquí para hablarnos del Polichinela en el madero y de la Gran Señora.

Estos nombres daban constantemente a Nuestro Señor y a su Madre Santísima.

Tenían gran respeto a la Virgen María. El Señor Tresch puso en la oreja del endemoniado sordo una medalla de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro y ordenó al Diablo que saliese de la oreja. El Demonio exclamó:

  • No puedo, porque allí hay azufre, resina y pez.

Cuando la Hermana le traía comida o bebida después de haber echado en ellas secretamente algunas gotas de agua bendita, nunca tocaba los alimentos ni la bebida; de ordinario, arrojaba contra la pared el plato o el vaso, que nunca se rompían.

Un joven de Illfurt entró un día en la habitación en el momento que se desarrollaba una de esas escenas y acercándose a la cama de Teobaldo; éste, al verle, echándose a reír y le dijo:

  • ¡Ajajá! ¡Tu si que has encontrado el momio! Tanto en la habitación, tanto en la cama, tanto en el desván, e indicaba las cantidades.

El Alcalde, Señor Tresch, preguntó entonces al joven que significaba aquello, contestándole el aludido que el Párroco le había encargado le trajese una pequeña manda que para la Iglesia legó una parienta del visitante fallecida días antes. Esta mujer, para que no pudiesen disfrutar de su dinero unos allegados muy avaros que tenía, lo había escondido en diferentes sitios sólo del joven repetido conocidos.

Cuando el visitante se disponía a marcharse los endemoniados le gritaron:

  • ¡Si, si; comer bien, beber bien, llevar mala vida, he aquí lo que conduce al cielo!

El joven se alejó completamente turbado.

El Señor Tresch, antes de irse de la casa roció con agua bendita la cama del niño, mientras decía:

  • Sit Nomen Domini benedictum. (Bendito sea el Nombre del Señor).

  • Non sit, non sit! (¡Que no lo sea, que no lo sea!) -gruñó el Demonio.

Un Sacerdote paso un día una medalla sobre la oreja de uno de los endemoniados mientras dormía.

La oreja comenzó inmediatamente a agitarse, hasta que la medalla hubo caído.

El mismo fenómeno se repitió al dejar colocada la medalla sobre la cabeza del pequeño.

Cuando conseguía esconder algún objeto bendito, se reía en son de burla y decía a los circunstantes:

  • ¡Busca la porquería; hiede!

El Demonio no ocultaba el odio inmenso que le inspiraban los Sacerdotes. Para éstos tenía sólo palabras de burla y de insulto, y usaba a menudo las del repertorio de los anticlericales modernos, tales como: saco de carbón, cuervo, gorrino, etc. Y aún éstos eran los hombres más inocentes.

El Superior del Seminario Mayor, Monseñor Stumpf se veía honrado con un odio especial.

  • Voy -decía el Diablo- a casa del Stumpfito, el cochino, para hacerle rabiar.

Al poco rato decía con aíre triunfante:

  • ¡Vaya una mala pasada le he hecho; a lo menos hubiese conseguido que reventara!

Averiguándose lo ocurrido y Monseñor Stumpf confesó que en aquel momento un poder invisible le había levantado del suelo al tiempo que se desprendían los cuadros colgados en las paredes y los muebles cambiaban de sitio y quedaban revueltos, y se producía en la habitación un ruido infernal hasta que hizo aspersiones con agua bendita y en el nombre de Dios conjuró a los espíritus del Averno que le dejaran en paz. Satanás entonces manifestó:

- ¡Stumpfito, el miserable, me ha cerrado la puerta ensuciando su cuarto con porquería!

Mostraba, por lo contrario, mucha simpatía a los judíos y protestantes y, sobre todo, a los masones.

  • Estos si que son buenas personas -decía a veces

  • todos deberían parecerse. Son ellos quienes buscan la verdadera libertad. Ahorran no poco trabajo a nuestro Amo y le ganan mucha gente. Pero los gorrinos y los ensotanados (los Católicos y los Sacerdotes) son su daño y le arrancan innumerables almas.

Sentía el Demonio verdadero horror por la sotana o el hábito religioso, y no podía sufrir que le tocasen con alguna de aquellas prendas. En cambio, se mostraba contento cuando un Seglar le cubría con su capa o con cualquier otra prenda.

Un Crucifijo muy sólido que pusieron en el cuello de José se torció en el acto y tomó la forma de X que conservaba mientras permanecía sobre el niño.

Un escapulario colocado en las espaldas de éste voló inmediatamente por los aires y después de describir una gran curva fue a caer sobre el kepis del Gendarme Werner, que estaba allí por casualidad. Sin embargo, el niño no había hecho el menor movimiento.

El endemoniado dijo un día al Señor Tresch:

  • Cuando vosotros vais a la pocilga (la Iglesia) eleváis vuestras manos y ladráis (rezáis), todos os dirigís a lo alto y señalaba al cielo; -pero- añadía -los que no lo hacen vienen a casa.

Un día una Señora de Bettendorf puso un Rosario bendito sobre el pecho del niño. El pequeño, cuyas manos se habían sujetado, se puso a gritar:

  • Si cojo tus cagarrutas de cabra (las cuentas del Rosario), haré pedazos el rabo de gato (el Rosario); pero no me es permitido tocar la imagen de la Gran Señora que lleva suspendida.

  • ¿Qué hay en está medalla? -le preguntaron

  • Un niño y una niña a los que la Gran Señora protege

Era una medalla de la Saleta que representaba la aparición de la Santísima Virgen a los dos niños Maximo y Melanio.

Como uno de los presentes dijo piadosamente: “De las asechanzas del Demonio líbranos ¡oh Jesús”, encolerizándose el endemoniado furiosamente y vociferó:

  • ¡Silencio, mientes, calla la boca, no, no!

Una Procesión del Corpus hizo que el Diablo se resolviera con las más extremada violencia. Habían llevado al niño a una casa en cuyo umbral se levantó un altarcito para el descanso de la Custodia; el Diablo, chilló, echó pestes, alborotó de modo espantoso, y sólo se calmó cuando la Procesión hubo pasado.

La Señora Werner, esposa del Gendarme, quiso dar una alegría a los niños y les compró una aleluya que representaba una Procesión del Corpus muy completa. Nada faltaba ni nadie, desde el pertiguero al Señor Cura con la Custodia. Figuraban todas las edades: niños y niñas, jóvenes, ancianos y abanderados y portaestandartes; hasta había un altar como los que se acostumbra disponer en los pueblos en tal solemnidad. La Señora Werner recortó muy bien las figuras con una tijera y luego les pegó con goma líquida en un cartón y puso palitos para que se sostuvieran. Con objeto de hacer una prueba al pegar la figura del pertiguero mezcló con la goma unas gotas de agua bendita.

Cuando lo tuvo todo preparado lo llevó a la Alcaldía, donde a la sazón se hallaban los dos endemoniados, cuidados por las dos Hermanas de Niederbronn. Estaba allí el Párroco, Reverendo Brey.

Los niños quedaron pasmados al recibir el regalo, nunca habían visto cosa parecida. Como en aquel momento permanecían en actitud pacífica, el Párraco ordenó las figuras sobre la mesa, cada una en su sitio; el altar, el pertiguero, jóvenes, el clero, hombres y mujeres etc., etc. Teobaldo y José contemplaron embobados la representación. Al cabo de un rato el Párroco deshizo su obra e invitó a los niños a que dispusieran las figuras como habían visto. Teobaldo comenzó a colocarlas con mucha afición, pero al revés, es decir, empezando por las principales. La última que tomó fue la del pertiguero y apenas la tuvo en la mano la arrojó con violencia contra la puerta. José, sorprendido del proceder de su hermano, se levanto para ir a buscar el maltratado figurín, más en cuanto lo hubo recogido enfurecido y volvió a tirarlo al suelo, y lo pisoteó mientras profería:

  • ¡C´est! ¡Toma, genízaro de Iglesia!

Los presentes quedaron asombrados por ignorar de qué se trataba; comprendiéndolo cuando la Señora Werner les explicó lo del agua bendita.

Las familias más acomodadas de Illfurt convinieron en establecer un turno para servir buena comida a los pobres niños. Tocó la vez a la Señora Nicot, dueña de la taberna del “Caballo blanco”, la cual como sabía que a los niños les gustaba muchísimo la sopa de lentejas, mandó a su sobrina, Lina Meyer, que les preparase una excelente. Rebosantes de alegría al ver su manjar preferido, comenzaron los endemoniados a llenarse el plato de la aromática sopa. Pero de repente lo apartaron gritando:

  • ¡Quita! ¡Vete en seguida de ahí con está m...!

  • ¿Qué había pasado? Ni siquiera probaron la sopa.

El Gendarme Werner salió al momento a ver a la Señora Nicot y explicarle lo ocurrido. La buena mujer confesó con franqueza que había puesto en la sopa una cucharada de agua bendita para hacer la prueba, y añadió que ahora estaba convencida de que no era una farsa la enfermedad de los niños.

Escenas por el estilo, aunque menos violentas, produciéndose cada vez que se ponía a los endemoniados en contacto con un Crucifijo, un Rosario o cualquier otro objeto bendito. Siempre el mismo terror, el mismo espanto, iguales invectivas, idéntico frenesí.

Todo esto prueba el sorprendente poder, la maravillosa eficacia de los sacramentales, que son para el Cristiano animado por la Fe un arma excelente contra las tentaciones y los ataques del enemigo de nuestra salvación.

 

SATANÁS Y LA SANTÍSIMA VIRGEN

 

El Demonio ultrajaba y se burlaba de las cosas más santas, sin exceptuar al mismo Dios; pero jamás se atrevió a insultar a la Santísima Virgen María. Habiéndole preguntado el por qué, respondió: -No me está permitido; el Polichinela crucificado me lo prohibió.

Teobaldo se hallaba un día descansando; y dándole un cuadrito de la Santísima Virgen para distraerle, súbitamente fue presa de fuerte crisis, arrojó violentamente al suelo el cuadro, que se rompió en mil pedazos.

El Profesor Lachemann, Hermano de María de San Hipólito, le rogó que se calmase y le preguntó en latín:

  • ¿Quid sentis de Inmaculata Conceptione Bcatae Mariae Virginis quae contrivit caput tuum? (Que opinas de la Inmaculada Concepción de la Bienaventurada Virgen María, que te aplastó la cabeza?)

  • ¡Vete ya con tu Gran Señora! ¡Vete, no quiero oír hablar de ella!

Tal fue la sola respuesta de Satanás.

Luego el Demonio se puso a vomitar tan espantosas blasfemias y juramentos que llenaron de horror a la Hermana enfermera, la cual aterrorizada roció a los niños con agua bendita, mientras invocaba a la Santísima Trinidad. Después que hubo trazado con el agua bendita cruces en la frente, la boca y el pecho de los endemoniados quedaron éstos completamente calmados. No hay que decir que las buenas religiosas que vigilaban y cuidaban constantemente a los infelices niños tenían un trabajo ciertamente muy pesado. Las pobres Hermanas viéndose obligadas a oír enormes horrores y ser testigo de escenas dolorosas.

Un día el Maestro Señor Lachemann preguntó al mayor de los niños:

  • ¿Dime, que piensas de las Congregaciones y en especial de los Fréres de Marie?

  • El muchacho no le contestó. Entonces le pregunto en alemán:

  • ¿Dónde se encuentra el cuadro de Nuestra Señora en la Capilla del Colegio de San Pilt?

Tampoco respondió Teobaldo, y cuando por tercera vez le interrogó el Señor Lachemann, replicando rabioso:

  • Tú, tú siempre hablas en favor de los ensotanados. Tú, en la pocilga siempre lloriqueas (rezas) al lado izquierdo

Los presentes preguntaron al Maestro que quería decir el niño, y él les manifestó que en la Capilla del Pensionado tenía su puesto al lado izquierdo para vigilar a los alumnos, de modo que era conforme con la realidad la indicación del endemoniado.

Dos estudiantes de Meissac (Tarn y Garona), alumnos de los Fréres de Marie, de Besancon, fueron a San Pilt para las vacaciones de Pascua. El Señor Lachemann les dio una recomendación para el Señor Tresch, pariente de el, con objeto de que pudiesen ver a los endemoniados. Dirigiéndose a casa Burner y en ella estuvieron hasta la una de la tarde.

Asombrándoles oír hablar con voz de hombre y sin que despegaran los labios a los dos niños, y les hicieron en vascuence varias preguntas de las cuales el Señor Tresch no comprendió ni una palabra; los endemoniados, en cambio, respondieron todas en francés.

Preguntándoles también los estudiantes de dónde habían venido y a dónde iban. Los endemoniados respondieron en alemán:

  • Tú no tienes necesidad de que te lo diga, porque luego lo repetirás todo a los cleriguillos

De vez en cuando el endemoniado hablaba al Señor Tresch de la Gran Señora que guardaba en su casa, en una cajita

  • ¡Pero tú nunca la has visto! -replicó el Alcalde

  • ¡No importa! Exclamo el niño -sé que la tienes y que todo lo das a la Gran Señora y a su perrito de lanas; siempre la llevas en el bolsillo.

  • ¿Por qué les das nombres tan irreverantes? -pregunto el Señor Tresch

  • No puedo llamarles de otra manera

Un día los Señores Spies y Martinot entraron en casa del endemoniado acompañados del Señor Tresch. Los niños viéndoles venir por la calle y se mostraron en extremo contrariados. Apenas aquéllos hubieron entrado en el cuarto, el pequeño José dijo al Señor Tresch:

  • Tú has escrito al “Spitz” (al Señor Spies le daba el apodo de Spitz o el de Canisi), y éste (señalando al Señor Martinot) ha venido con él.

  • No, no le escrito -repuso el Señor Tresch

  • Si, si; has escrito al Spitz y el otro ha venido con el

  • Era así, en efecto.

Entonces el Señor Spies sentándose en las rodillas al pequeño José y le hizo varias preguntas. Las respuestas unas veces eran precisas; otras, la mayor parte, le replicaba:

  • No tienes necesidad de saberlo

Tratándose en ellas de cosas acerca de las cuales Satanás no quería responder.

Entre otras preguntas, hizo el Señor Spies la siguiente:

  • ¿Cómo tratasteis a Voltaire cuando llegó a vuestro dominios?

  • ¡Oh! Le tributamos magnífico recibimiento; salimos a buscarle en cropsesión (palabra empleada por procesión), pero en seguida le echamos mano.

  • Cuando llegó a la puerta del Infierno, fue presa de espanto e hizo como si quisiera volverse; más no pudo escapar y le obligamos a pasar de la cárcel de fuego.

Mientras el pequeño José continuaba sentado en las rodillas del Señor Spies puso este sobre la cabeza un pedacito de seda, pero de modo tan suave que el niño no pudiese sentirlo ni verbo. Inmediatamente el enfermito gritó:

  • ¡Quita este trapo, que me quema! -e intentó separarse del Señor Spies

  • No es un trapo -replico este;- te lo quitaré cuando me hayas dicho lo que hay en el

  • ¡Nada, no nada; quítalo, que me quema!

  • Niega cuanto quieras; no he de quitarlo mientras no contestes lo que te he preguntado

  • ¡Hay la imagen de la Gran Señora! -gritó furioso

En efecto, la seda llevaba pintada la imagen de la Santísima Virgen

Luego pidió el niño repetidas veces:

  • ¡Quítate lo que tienes en el bolsillo, me quema!

Aludía a un pequeño crucifijo que el Señor Spies llevaba encima y que el enfermo no podía ver de ningún modo.

Agregó el endemoniado que en los bolsillos de aquél había también reliquias, y así era.

Hasta las medallas que el Señor Spies llevaba colgadas en el cuello incomodaban y quemaban al Demonio.

 

PÉRDIDA DEL CIELO PENAS DEL INFIERNO

 

Es para Satanás una pena indescriptible el pensar que ha perdido el Cielo por toda la eternidad. Más de una vez dijo por boca de aquellos infelices muchachos:

  • ¡Oh! ¡Qué belleza la de allá arriba! ¡Qué belleza! ¡Cuán dichoso sería si a lo menos tuviese la suerte de ver un instante esa gloria!

En otra ocasión dijo:

  • ¡Ah! ¡qué hermoso es el cielo! ¡Si pudiese verlo tan sólo un día! ¡Pero, no! ¡Jamás lo veré!

Como le pregunto el Señor Tresch por qué manifestaba tal deseo, respondió gimiendo:

  • Me obligan a hacerlo los tres, que son más fuertes que yo!

Teobaldo fue trasladado al establecimiento de San Carlos, en Schiltigheim. Durante los tres primeros días estuvo tranquilo y sosegado; pero en la noche del cuarto el Demonio se manifestó de nuevo en aquel pobre cuerpo.

  • ¡Estoy aquí -gritó súbitamente;- y estoy furioso!

Las Hermanas le preguntaron entonces quien era

  • ¡Soy el príncipe de las tinieblas! Contestándolas

  • ¿Dónde está tu morada? ¿En el infierno?

  • ¡Si, en el Infierno!

  • ¿No querrías ir al Cielo?

  • ¡Miguel, el asqueroso, Miguel con su espada!

  • ¿Qué harías para poder ir de nuevo al Cielo?

  • Me arrastraría durante miles de años sobre puntas de agujas; me deslizaría sobre navajas afiladísimas

  • ¿Pero, por qué te arrojaron?

  • Porque quería ser el primero

  • ¿Cómo te llamas?

  • ¡Esto no te importa!

Agregó que era un Príncipe del Infierno, que mandaba una legión de diablos por los aíres y que si estos diablos tuviesen cuerpo como los hombres oscurecerían la luz del sol, tantos son?

Aseguro que la Iglesia Católica enseña la verdad acerca del Infierno; sin embargo, hizo notar:

  • El fuego del Infierno no es el que imagináis

  • No podéis formaros idea del mismo. Es mucho más ardiente, mucho más caliente; se sufre en él de un modo atroz.

Hablando del Infierno decía regularmente que deseaba ser reducido a la nada por Dios

Al preguntarle qué lengua se habla en el Infierno comenzaba de ordinario por ser muy locuaz, hablaba con rapidez vertiginosa y chapurraba una mezcla de latín e italiano incomprensible; sólo fue posible coger la palabra “victoria”, porque la repetía muy a menudo, después decía en alemán.

  • Esta es la lengua que hablamos en esos lugares

  • ¿En qué lugares? -preguntó el Señor Tresch

  • ¿Quieres decir el Infierno?

  • Si, el Infierno -respondío

  • ¿Y qué habéis hecho de Lutero? -continuó el Señor Spies

  • ¿De Lutero? -respondieron, -no lo queríamos en casa por miedo de que lo revolucionase todo. Ha tenido que construirse un barracón a la entrada del Infierno

En otra ocasión Teobaldo preguntó al Señor Tresch:

  • ¿Conoces a Fígaro?

  • Si, es un diario

  • No, no me refiero a éste; ese Fígaro no vive ya. En otro tiempo escribió muchos libros; ahora está con nosotros

  • ¿En el Infierno?

  • Si, en el Infierno

  • ¿Por ventura hablas de Martín Lutero?

  • Lo has adivinado

  • ¿Su Catalina está también con el?

  • No, ella no creyó sus doctrinas

Cuando Teobaldo se hallaba en el Orfanato de San Carlos, en Schiltigheim, cerca de Estrasburgo, le llevo un domingo su madre al Cementerio de la localidad. En aquel momento había un entierro protestante. El niño separándose de su madre fue a mezclarse entre el cortejo y no paró hasta colocarse al lado del Pastor, donde permaneció durante toda la ceremonia. Ni un momento dejó de manifestar gran júbilo. Después del entierro volvió al lado de su madre y los dos regresaron al Orfanato.

Por la noche, durante una crisis, el endemoniado declaró:

  • El hombre que han enterrado hoy está con nosotros en el Infierno

  • ¿Por qué? -le preguntaron

  • Porque renegó de su Fe -respondió.- Primero era un fétido (Católico), más en los últimos años de su vida se hizo protestantes

A los presentes les consternó en gran manera la revelación

La noche del 28 de Marzo de 1.868, el endemoniado relató la Pasión de Jesucristo. Cuando hablaba de las angustias mortales sufridas por el Señor en el Huerto de los Olivos, exclamó de pronto:

  • Verdaderamente, sientes mucho calor, calor horroroso; quedaste bañado en sudor por los pecados de los hombres

Confesó asimismo haber presenciado la Crucifixión, excitado a los judíos a que torturasen al Redentor, y contando los golpes que llovían sobre la Víctima.

Después de está escena, uno de los asistentes preguntándole cuál era el estado del Infierno.

  • ¡Nada tiene de hermoso! -respondió.

Como se le pidiesen más amplios detalles, el Demonio se mostró disgustado y dijo:

  • ¡Esto no te importa; procura venir allí y lo sabrás por ti mismo!

Satanás procuraba ganar prosélitos. Cierto día ofreció 100 francos a un visitante si quería ponerse a su servicio.

A Burner, Padre, le hizo una oferta de 1.000 francos si consentía en seguirle. Dijo también al Señor Tresch:

  • Tengo muchos sacos de oro y plata; te los haré encontrar.

  • Perfectamente, de acuerdo -replicó el Señor Tresch, -los daré a la Iglesia o los distribuiré entre los pobres.

  • No, no, así no. No es está mi intención -le replica el maligno.

¿Verdad que parece estar oyendo al mismo Demonio cuando tentaba a Nuestro Señor en el desierto y le decía: Todas estás cosas te daré si, postrándote delante de mí, me adorares?

El Príncipe del Infierno, lleno de inmenso orgullo y de envidia odiosa, eternamente desdichado, no tiene otro deseo más ardiente que atraer a los hombres a su servicio.

 

SATANÁS Y LAS FIESTAS: BAILES Y DANZAS

 

Los endemoniados tenían a veces horas y hasta días de más sosiego. Los demonios estaban ausentes; los niños comían y bebían y jugaban como los de su edad, y nada recordaban de lo sucedido durante la posesión.

Por regla general, Satanás se alejaba por las tardes del domingo. Cuando al volver a entrar en los cuerpos de los infelices endemoniados le preguntaban dónde había pasado el tiempo, respondía que había estado en está o aquella localidad vecina, donde se celebraba fiesta popular, que se había mezclado con los músicos de la orquesta y hecho muy buena cosecha.

Añadía que procuraba gran placer el excitar a los jóvenes y arrastrarlos al libertinaje desvergonzado.

En San Carlos dijo un día:

  • Dadme de beber.

  • Tú no puedes beber, puesto que eres un espíritu. ¿Qué quieres beber? ¡Vete al Infierno! -respondió el Señor André.

  • Me coloco junto a los borrachos -repuso Satanás,- y les incito a beber hasta que lo están completamente. Entonces derraman el líquido por la mesa y el suelo, y todo es para mí.

Y se puso a contar que le gustaban mucho los bailes y las danzas; que era el quien excitaba a los jóvenes a bailar y a hacer tonterías, y dicho esto abandonó al niño.

Unos diez minutos después estaba de vuelta.

Sonriendo burlonamente, exclamó:

  • ¡Ahora he ido a la cervecería!

Y designó la cervecería y su dueño, y habló también de otras y de sus propietarios. Sin embargo, el endemoniado nunca había estado en Schiltigheim.

Luego concluyó:

  • Mis negocios marchan bien; estoy satisfecho; mi amo estará contento de mí.

Se regocijaba, sobre todo, cuando en esos establecimientos se sostenían conversaciones de doble sentido o pronunciaban agudezas asquerosas, cosa que, por desgracia, ocurría con demasiada frecuencia.

Cierto día, algunos jóvenes un tanto ébrios, pasaron por delante de la casa disputándose vivamente.

  • Espera -dijo el Demonio,- voy a hacer que riñan.

No habían pasado cinco minutos se produjo gran alboroto que comenzó por tres veces siempre más fuerte. El endemoniado reía a carcajada suelta.

En otra ocasión el Diablo interrumpió súbitamente su parloteo y dijo:

  • ¡Silencio! Ya lo hemos cogido.

  • ¿A quién?

  • A ese joven que en el café N..., de Selestado, se dispone a bailar.

  • Y nombró la calle y el café.

  • Al poco rato exclamó:

  • ¡Ahora sí que no se nos escapa; ya lo tenemos en casa!

Practicándose averiguaciones en Selestado y se supo que a la misma hora y en el café designado, un joven había sufrido un ataque de apoplejía mientras bailaba, muriendo instantáneamente.

En Illfurt había relatado lo siguiente:

  • Ese chivo de N... y su esposa han ido a la pocilga (la Iglesia para devorar (comulgar). Tenían hambre. Apenas de regreso en su casa han comenzado a insultarse con escándalo y a blasfemar como locos furiosos. De sus bocas salían como copos de nieve las más horribles blasfemias. Yo me destornillaba de risa y gusto. Habrían podido muy bien ir de nuevo a la pocilga por la noche, porque su estado era mucho peor que por la mañana. He puesto sus blasfemias en una cajita para conservarlas.

En forma análoga encomiaba bailes y danzas, disputas y blasfemias.

 

EL DIABLO PROFETA

 

De lo que acabamos de decir se deduce claramente que el Espíritu Infernal conoce con precisión lo que sucede a distancia, aún en los países más alejados. También está al corriente en asuntos de historia.

Relataba a menudo acontecimientos registrados en tiempos remotos y completamente desconocidos de los testigos presentes.

Otras veces predecía lo que iba a ocurrir días o semanas después, y la exacta realización de tales predicciones maravillaba a cuantos de ellas tenían noticia.

Frecuentemente revelaba a los presentes en sus mismas barbas malas acciones que hicieron y les reprochaba sus pecados más secretos; no pocos se esquivaban a toda prisa, procurando no ser vistos ni oídos.

De tiempo en tiempo se metía a Predicador. Un día dijo a un vecino curioso: -¡Tú, borrachín! ¿no estabas allí cuando el ensotanado ha dicho que era pecado emborracharse? No obstante, has ido a N..., para embriagarte. Eres tú, si, eres tú mismo la causa de que tu hija y tus ganados estén enfermos.

El día de Ramos, a otro feligrés de Illfurt le dijo las verdades del barquero:

  • ¡Eh, tú, compañero de la Diosa botella! ¿no has oído al cleriguillo predicar en la pocilga que no se debe ir a la taberna? De está manera obedeces? ¿No has ido a la taberna de X... a beber cerveza con el panadero de Flachslanden? (aldea vecina).

No pocos pagaban más cara su curiosidad. O largándose casi acontecidos o quedaban como heridos por el rayo cuando Satanás les revelaba íntimos y terribles secretos, o reprochaba grandes pecados de su vida pasada, que ellos creían absolutamente olvidados o desconocidos.

El Alcalde de una localidad de los alrededores de Estrasburgo dijo un día, después de la sesión del Concejo Municipal:

  • ¿Señores, hay entre ustedes alguno que el Domingo próximo quiera acompañarme a Schiltigheim, a ver

a los endemoniados?

Muchos se ofrecieron, y uno de los Concejales advirtió:

  • Sepa, Señor Alcalde, que el Diablo suelta a veces verdades terribles, según cuentan.

  • ¿Saben ustedes qué podemos hacer? -continuó el Alcalde, hoy es Sábado: vayamos a la Iglesia a confesarnos; mañana, en la primera misa, comulgaremos; de está manera el Diablo nada podrá reprocharnos.

Así lo hicieron.

El Domingo marcharon a Schiltigheim. Llamaron y salio una Hermana a preguntarles qué deseaban.

  • Quisiéramos ver a los endemoniados -respondió el Alcalde.

  • Tengan la bondad de seguirme, caballeros, que les acompañaré.

Cuando la Religiosa hubo abierto la puerta, el endemoniado exclamó:

  • ¡Vaya, ya están aquí! Ya llegó el Alcalde de X... con el Adjunto y otros Concejales. ¿No estabais muy tranquilos, verdad? Por esto habéis ido a la Iglesia a haceros raspar la costra de vuestra conciencia. Más entre vosotros uno hay que no ha hecho lo que importaba. ¡Robó rábanos!

  • Cierto; pero restituí dando dinero a los dueños -replicó el aludido con desasosiego.

  • Pues no lo recibieron -repuso el Demonio

El Alcalde entonces dijo:

  • Marchémonos, Señores; no sea que me reproche también algo a mi.

En un abrir y cerrar de ojos esquivo toda la cuadrilla. Cuando el episodio fue conocido, al ladrón de rábanos se hizo objeto de merecida rechifla.

Varias veces Teobaldo predijo la muerte de otras tantas personas. Dos horas antes del fallecimiento de una tal Señora Muller, arrodillándose en la cama e hizo ademán de tirar de la cuerda de una campana.